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Cada año para esta observación, explicó, mi familia
ortodoxa solía sacar toda la levadura de la casa, observando
cuidadosamente cada detalle de la comida de Pascua, asistiendo a la
sinagoga, y estrictamente realizando cada ritual y dirección del Talmud.
Me
enseñaron a observar cada detalle excepto el único que Adonai requería
más que todos. Sus oyentes lo miraron intrigados.
Mis hermanos, el
anciano Judío continuó con gran formalidad, el Señor no dijo, Cuando
yo vea que han sacado la levadura, pasaré de sobre vosotros, ni
tampoco dijo, cuando coman el pan sin levadura o asistan a la
sinagoga, pasaré de sobre vosotros. No, Él dijo, Cuando vea la sangre,
pasaré de sobre vosotros. Y nada puede sustituir a la sangre.
Su
hermanos Judíos empezaron a sentirse incómodos pero él continuó. Yo
nací en tierra de Israel, explicó él, y como niño me enseñaron a leer
la Ley, los Salmos, y los profetas. Asistí a la sinagoga y aprendí
Hebreo de los rabinos. Yo creía lo que se me decía incluyendo que la
nuestra era la única religión verdadera. Pero a medida que fui
creciendo y estudiando las Escrituras con más ahínco, me sentí
abrumado por el lugar que la sangre ocupaba en todas las ceremonias
allí, e igualmente consternado por la ausencia total de la misma en el
ritual de las ceremonias en que me criaron.
Leí en las Escrituras de
la sangre que se requería del cordero de la Pascua; y de la sangre que
se requería para rociar el asiento de misericordia. Temblaba mientras
pensaba del gran día de Expiación, y del lugar que la sangre tenía
allí. Día y noche la verdad de Dios solía sonar como un timbre en mis
oídos: Es la SANGRE la que hace expiación por el alma. Yo sabía que
había quebrantado la Ley. Yo necesitaba expiación; pero la Palabra de
Dios decía claramente que la expiación debe ser hecha por sangre, ¡y
no había sangre de ninguna clase en nuestra observancia de la Ley!
En
mi angustia, el anciano Judío continuó, finalmente le conté lo que
sentía, y de mi preocupación, a un erudito y respetado rabino. Me dijo
que Dios estaba enojado con Su pueblo, y había permitido que el templo
en Jerusalem cayera en manos de Gentiles incrédulos, y había
dispersado a Su pueblo. El templo luego fue destruido y una mezquita
mahometana fue puesta en su lugar; y la razón por la que nosotros ya
no ofrecemos sacrificios de
sangre es porque el templo de nuestros antepasados era el único lugar
en la tierra donde nuestro pueblo se atrevía a derramar la sangre de
expiación. Y ahora, puesto que el templo ha sido destruido, un
sacrificio de sangre ya no puede ser realizado.
El rabino me dijo que
Dios mismo había cerrado el camino para llevar a cabo el solemne
servicio del gran Día de Expiación; por lo tanto ahora debemos
depender, en cambio, de los méritos de nuestros antepasados, y de
nuestra propia inteligencia en seguir las instrucciones del Talmud y
debemos confiar en la misericordia de Dios en lugar de ofrecer la
sangre que Él requería.
Traté
de quedarme satisfecho con esta explicación, continuó él anciano, pero
la explicación no ofrecía paz. Algo dentro de mí parecía decir que la
Ley no se había alterado, que todavía requería sangre para nuestra
expiación aun cuando nuestro templo había sido destruido.
En mi mente
continué repitiendo lo que Dios Mismo había dicho: Es la sangre lo que
hace expiación por el alma. Si nosotros no podíamos ofrecer sangre en
otra parte excepto en nuestro templo que ahora estaba destruido
¡entonces nos quedábamos sin ninguna expiación en absoluto! Este
pensamiento me llenó de horror. Acudí a otro rabino, y a otro, y a
otro con mi única pregunta crítica: ¿Dónde puedo encontrar la sangre
que expiará por mis pecados?
Tenía 30 años de edad cuando salí de tierra de Israel y me fui a
Constantinopla, con esa pregunta aún sin contestar, y mi alma todavía
desesperadamente atribulada por mis pecados.
Pero una noche en
Constantinopla, cuando estaba caminando por una calle, vi un letrero
en una puerta que anunciaba que allí estaban celebrando una reunión
para Judíos. Con gran curiosidad abrí la puerta y cuidadosamente me
senté en un asiento que estaba cerca. Y justo cuando me había sentado,
el hombre que hablaba al grupo declaró con autoridad y con triunfo: La
sangre de JESUCRISTO, SU HIJO, nos limpia de TODO pecado! ¡Por fin la
había encontrado!¡la sangre expiatoria!
Este fue mi primer encuentro
con los seguidores de Jesús (Yeshua). Escuché jadeante a medida que el predicador
contaba como Dios Mismo había declarado que sin derramamiento de
sangre no hay remisión; y luego Él Mismo entregó a Su Hijo unigénito
para que derramara esa sangre ¡como el Cordero de sacrificio! Me quedé
estupefacto de asombro: la sangre del sacrificio fue derramada por el
PROPIO HIJO DE DIOS. Ahora esto era tan lógico: Él tuvo que volverse
Hombre un Hombre sin pecado a fin de proveer la sangre que se exigía,
a fin de volverse el perfecto Cordero de sacrificio sin mancha ni
defecto para ocupar nuestro lugar. Repentinamente vi claramente a
Cristo como el Mesías de Isaías 53, y como el Portador del Pecado del
Salmo 22. ¡Por fin había encontrado la sangre de expiación! pero más
allá de sólo encontrarla, esa noche puse mi confianza en el Único que
la había derramado por mí.
Como me encanta leer el Nuevo Testamento
ahora, y ver que en Jesucristo todos los requisitos de la Ley están
asombrosamente cumplidos, y todas las prefiguraciones de Su sacrificio
fundamental mediante algunos menores Se hacen claros y comprensibles
Su sangre fue derramada por mí. No puedo convencerme de la maravilla
de ese hecho, y nunca podré pagar Su sacrificio a mi favor, ha
satisfecho a Dios, y es el único medio de salvación para Judíos y
Gentiles por igual.
Ese fue el testimonio de un anciano Judío, que nació en tierra de
Israel, que encontró en Constantinopla la Verdad de la sangre
expiatoria de Cristo, y testificó en San Francisco de su fe en el Hijo
de Dios pero sus primeras experiencias con el ritualismo sin la sangre
de Cristo no se limitan a la tierra de Israel o a la enseñanza Judía.
Un ritualismo similar, que no menciona la sangre expiatoria
caracteriza a muchas de las llamadas iglesias Cristianas también donde
los líderes religiosos, tan parecidos a los rabinos en tierra de
Israel, enseñan que los sacramentos y la afiliación a la iglesia
aseguran, sin duda, la aceptación de Dios. El enfoque está en el
cumplimiento religioso, más bien que en la limpieza del pecado que fue
hecha posible por el sacrificio del Cordero de Dios.
Es verdad que algunas iglesias hacen referencia a la muerte de
Cristo, pero nuevamente, esto no es equivalente a hablar de Su sangre
derramada. El significado básico de Su muerte fue el derramamiento
voluntario de Su sangre. Sin derramamiento de sangre no se hace
remisión. (Hebreos 9:22).
La naturaleza de la muerte del Salvador fue
específicamente planeada por Dios. Él no murió de un golpe en la
cabeza ni murió en la cama. Yo no fui criada en una sinagoga sino en
una iglesia ritualista, y me enseñaron a confiar en mi iglesia para
asegurarme de que sería aceptada por Dios, así como a ese anciano
Judío le enseñaron a depender de su sinagoga para dicha seguridad.
No, a mí no me enseñaron a celebrar las fiestas de Pascua para estar
bien con Dios, pero me enseñaron a observar los sacramentos para
lograr el mismo propósito. Pero a pesar de mi cuidadosa moralidad y
observancias concientes de cada requisito de mi iglesia, Dios Mismo en
respuesta clemente a mis clamores me trajo para que viera que ellas no
me habían hecho aceptable a Él.
Así es, Él me trajo en amor a una aterrorizante comprensión de que yo
estaba perdida. En un diluvio de lágrimas clamé a Dios, O Dios mío,
necesito tan desesperadamente estar bien contigo pero no sé cómo.
Desesperada, comencé a investigar muy parecido a aquel anciano Judío
yendo
de un líder religioso a otro, tratando de descubrir cómo yo, también,
podía con absoluta certidumbre lograr una relación correcta con Dios,
pero ninguno de esos líderes religiosos me dijo jamás que pusiera mi
confianza solamente en la sangre preciosa de Cristo, como un cordero
sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la
fundación del mundo, cuya sangre derramada solamente podía expiar por
mi pecado, hacerme aceptable a Dios, y asegurarme de una eternidad con
Él.
Ni uno solo de esos líderes religiosos me dirigió a mí de ese modo
sino Dios mismo en medio de cierta noche, en medio de mis lágrimas, se
hizo cargo donde ellos habían fracasado, Él Mismo me trajo a mirar
simplemente en fe como de un niño a Cristo y Su sangre derramada por
mí, no a rituales, no a Cristo más sacramentos, no a Cristo más mi
cumplimiento religioso, sino a Cristo solamente para el perdón de
todos mis pecados, y para Su aceptación segura. En ese preciso momento
yo intercambié mi pecado por Su Justicia!
Piense en ello, Justicia PERFECTA de la clase propia de Cristo Fue
colocada a mi cuenta y la Suya es la única clase que siempre ganará
entrada al Cielo para cualquiera Judío o Gentil. Esa noche, como
resultado de esa simple mirada de fe al Cordero de Dios, recibí la
misma seguridad ¡y experimenté el mismo triunfo! que aquel anciano
Judío recibió cuando él puso su fe en Cristo, YESHÚA HAMASHIAJ. Y ahora él y yo somos dos
ramas de la Vid ¡una es una rama Judía, la otra una rama Gentil
injertada! Y me siento obligada a parafrasear la Palabra de Dios en
advertir a otros de que Dios no dijo, Cuando vea tu certificado
bautismal, pasaré de sobre ti, o cuando vea tu nombre en la lista de
la iglesia, o vea cuan religioso eres, pasaré de sobre ti. No, el
Señor les dice a los Judíos y a Gentiles por igual: Cuando vea la
sangre, pasaré de sobre ustedes.
El propio Hijo de Dios derramó esa
sangre; y con profunda preocupación y en Su amor y urgencia yo
pregunto, ¿Ha
aplicado usted por la fe ese pago por el pecado a su corazón, de modo
que el juicio de Dios pase sobre USTED?
Escrito y Presentado
en inglés por Allegr McBirney
Traducción cortesía de (Dante N. Rosso)
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